
Hace poco escribí que había visto a un hombre llorar tras tropezar con un recuerdo. Hoy, al enterarme de la muerte de Benedetti, soy yo quien desde el suelo mira el ayer y comprende que la vida es eso, sacudirse las rodillas y atreverse al paso no importa si el raspón fue grande y el blue jeans ganó algunas hilachas, a fin de cuentas la imagen del tamiz es buena si se asocia con la idea de cernir y del poso se rescata aquello que aunque no brille, pueda amasarse y fraguar.
Del poeta me queda La Tregua, la esperanza de Martín Santomé, el te quiero de Avellaneda, la sugerencia del amigo mexicano de cómo hundirse en su prosa, mi sonrisa adolescente al recibir un afiche con algunas tácticas y —hoy lo sé— ninguna estrategia, la angustia de un hombre ante un quirófano y el rezo en su intento de hacerse mejor, el olor a garúa, a tierra mojada y sí, el olvido que está lleno de memorias.
Amar es un verbo que sólo se conjuga en primera persona por eso aquí hoy no está lloviendo.
In memoriam.
El sexo de los ángeles
Una de las lamentables carencias de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor quizás signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.
Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos ( por la mera razón de que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir con las adecuadas.
Así, cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, son angelicales.
Y si Ángel, para abrir el fuego, dice: “Semilla”, Ángela, para atizarlo, responde: “Surco”. Él dice: “Alud”, y ella tiernamente: “Abismo.”
Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.
Ángel dice¨: “Madero.” Y Ángela: “Caverna.”
Aletean por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y silente, y un ángel de la Muerte, viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su amor.
Él dice: “Manantial.” Y ella: “Cuenca.”
Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá, entre cristales de nieve, circulan el aire y su expectativa.
Ángel dice: “Estoque”, y Ángela, radiante: “Herida.”
Él dice: “Tañido”, y ella: “Rebato.”
Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos, se estremecen, tremolan, estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.
Mario Benedetti
Imagen: Dale O´Dell
Etiquetas: Ajeno y Mío